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sábado, 28 de febrero de 2009

biocombustibles: Los nuevos agrocombustibles

Los nuevos agrocombustibles

Barack Obama impulsará lo que se conoce como la nueva energía del azúcar

Extraer azúcares que después pueden ser convertidos en gasolina a
partir de la celulosa de los troncos, tallos, hojas verdes, pastos y
también residuos de cosechas. Esta fuente energética se denomina
agrocombustibles de segunda generación.

Ya se conocen las primeras medidas energéticas de Barack Obama, que
responden, por fin, a las necesidades imperiosas de una rigurosa
orientación ecológica: reducción de las emisiones de CO² y menor
dependencia de los combustibles fósiles. El nombramiento de Steven Chu
como secretario de Energía nos lo indica con claridad: Obama impulsará
lo que se conoce como la nueva energía del azúcar. La tecnología en
cuestión parece razonable. De la misma manera que podemos obtener
combustibles líquidos a partir de maíz, caña de azúcar o palma
africana, podríamos obtener energía de todas las plantas y en su
totalidad, no sólo del grano o del fruto. Extraer azúcares que después
pueden ser convertidos en gasolina a partir de la celulosa de los
troncos, tallos, hojas verdes, pastos y también residuos de cosechas.
De ahí que también defina esta fuente energética como los
agrocombustibles de segunda generación.

El proceso ya venía gestándose desde hace unos años y hay grandes
inversiones para el desarrollo de esta tecnología, fusiones entre
empresas de sectores complementarios y alianzas entre empresas y
centros de investigación. Ahora contamos ya con el impulso político
que faltaba, aunque quedan obstáculos técnicos por salvar y enigmas
aún por descifrar. Por el momento -dicen los informes del ETC Group-,
los costos energéticos para hacer esta transformación son superiores a
la energía que se genera (de hecho, un aspecto tampoco resuelto con
los primeros agrocombustibles), aunque este escollo espera solventarse
con la creación -digámoslo así- de microorganismos vivos producidos
sintéticamente capaces de transformar eficientemente la celulosa de
todo vegetal en algo que nuestros coches puedan beber.

Entonces, si se resuelve ese aspecto puntual, que se resolverá, ¿cuál
es el problema? Pues varios y muy serios a mi entender. De entrada se
dará un paso más en la concentración empresarial, pues estamos
hablando de tecnologías que llevarán sus patentes incluidas, lo que
reducirá el uso al antojo de sus amos. Y cuando enfrentamos el saber
colectivo, común y público, a la tiranía del control corporativo ya
sabemos a que nos lleva. Ahí están los transgénicos para demostrarlo:
una novedad tecnológica, publicitada para apoyar a los agricultores,
que barrió de un plumazo no sólo la biodiversidad de semillas y
cultivos, y con ella la independencia de los pequeños agricultores,
sino también a miles de pequeñas empresas y cooperativas dispersas por
el mundo dedicadas a la mejora de los cultivos tradicionales y a la
venta de muchas variedades de semillas. Ello convirtió el sector
agrícola en el de mayor concentración corporativa del mercado global.

Mientras que en los años sesenta casi la totalidad de las semillas
estaban en manos de agricultores, instituciones públicas y pequeñas
empresas, hoy el 82 por ciento del mercado comercial de semillas está
bajo propiedad intelectual y 10 empresas controlan el 67 por ciento de
ese rubro. Las mismas que monopolizan la totalidad del mercado de
semillas transgénicas y las mismas que controlan el 89 por ciento del
mercado global de los agrotóxicos que se diseñaron especialmente para
usar con estas semillas.

No perdamos de vista los aprendizajes. En las últimas cuatro décadas,
las políticas que favorecieron el modelo actual de los agronegocios
provocaron que los países en desarrollo pasaran de ser países con
excedentes agrarios a ser actualmente países importadores netos de
alimentos, porque, entre otras razones (liberalización del comercio,
privatización de otros recursos productivos y desmantelamiento de las
ayudas a la pequeña agricultura nacional), en la misma medida en que
se aumenta y concentra el poder corporativo se debilitan las
capacidades productivas de los pequeños campesinos para producir
alimentos. En los dos últimos años hemos pasado de 850 millones de
personas en precariedad alimentaria a ya casi 1.000 millones, y -según
el Departamento de Agricultura de Estados Unidos- la cifra aumentará a
1.200 millones para el año 2017.

Gustavo Duch
Tomado de ALAI
26 de febrero de 2009

CONSULTEN, OPINEN , ESCRIBAN LIBREMENTE
Saludos
Rodrigo González Fernández
Diplomado en RSE de la ONU
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